La pelona

Hubo un tiempo en el que la lavandería de cemento de mi patio tomó más vida que cuando se lavaba en ella. Usarla de escalera para poder mirar al otro lado de la pared y gritar  “TOTAAA TOTAAA”.

La Tota era divertida, tenía 10 años, era la menor de 4 hermanos, siempre estaba ocupada viendo la televisión o inventando alguna travesura que yo con gusto quería seguir.

Aveces, cuando mi madre se iba al trabajo, me dejaba quedarme en casa de la Tota. Comenzábamos sacando  la ropa de sus hermanas mayores y nos vestíamos buscando parecernos, luego íbamos por la calle  diciendo a todo aquel que se nos cruzaba que éramos hermanas gemelas.

Cuando nos cansábamos de disfrazarnos contábamos los centavos que nuestros padres nos daban, para correr a la venta a buscar unos bolos que valían 10ctvs de un boliviano, con los treinta grados de temperatura todo era valido por unos pedazos de hielo con sabor a fresas.


De regreso a su casa terminábamos el bolo corriendo y claro lo teníamos fácil, tocabamos el timbre de la “Sthefy”, la niña que no nos caía muy bien que digamos y luego salíamos disparadas a escondernos.

Un día al final de la tarde, la Tota toco mi puerta y con la sonrisa de siempre me dijo que me tenía una sorpresa. Llevaba un gorro negro de lana, se lo quite porque con el calor que hacía no entendía nada, pero en vez de su melena morena, estaba completamente pelona.

Antes de poder saber porqué le hizo eso a su cabello, me abrazo y me dijo que al día siguiente muy temprano se marchaba a otra ciudad.

Bambú

Esta mañana caminaba con Lehoyu por el bosque y de repente encontramos un campo lleno de bambús. Sabes a que me recuerda, le dije… “A la cocina de la abuela de Perú”!…Exclamó.

Exacto!Tienes la suerte de conocer ese mágico lugar…
Cada mañana con el primer rayo de sol, el abuelo Modesto ya estaba de pie. Elena, la abuela, ya tenía en el fogón el café, unas yucas  y plátano verde.Modesto,  desayunaba rápido y mientras observaba a las gallinas picotear alrededor suyo en suelo de tierra de la cocina de bambúes, que él había construido agarraba su machete y salía corriendo a trabajar.No veía al abuelo hasta que la luz del sol estaba a punto de desaparecer. Entonces llegaba muerto de hambre porqué el trabajo bajo el sol desgasta mucho. Lucía muy delgado y pálido…No había sido fácil a sus 43 años llegar hasta ahí.
Era huérfano y para tener algo, tuvo que trabajar desde que él recordaba. Nunca había parado. El sol salía con él y se escondían juntos, hasta que a sus 48 años se apagó…Pero sabiendo que hasta ahí había llegado. Justo el momento antes estaba contándole su vida a una enfermera y días antes le había dicho a sus hijos que sabía que la muerte le esperaba.
Pienso que cuando vives tan conectado con el sol y la tierra puedes sentir cosas que un hombre de ciudad ha olvidado. YExacto!Tienes la suerte de conocer ese mágico lugar…
Cada mañana con el primer rayo de sol, el abuelo Modesto ya estaba de pie. Elena, la abuela, ya tenía en el fogón el café, unas yucas  y plátano verde. Modesto,  desayunaba rápido y mientras observaba a las gallinas picotear alrededor suyo en suelo de tierra de la cocina de bambúes, que él había construido, agarraba su machete y salía corriendo a trabajar.

No veía al abuelo hasta que la luz del sol estaba a punto de desaparecer, entonces llegaba muerto de hambre porqué el trabajo bajo el sol desgasta mucho. Lucía muy delgado y pálido…No había sido fácil a sus 43 años llegar hasta ahí.


El abuelo era huérfano y para tener algo que comer, tuvo que trabajar desde que él recordaba. Nunca había parado. El sol salía con él y se escondían juntos, hasta que a sus 48 años se apagó…Pero sabiendo que hasta ahí había llegado. Justo el momento antes estaba contándole su vida a una enfermera y días antes le había dicho a sus hijos que sabía que la muerte le esperaba.


Pienso que cuando vives tan conectado con el sol y la tierra puedes sentir cosas que un hombre de ciudad ha olvidado.

Había comenzado a nevar…

El vapor del café dibujaba una divertida carretera de curvas hacia lo alto del techo de madera de la pequeña cabaña que había alquilado, en medio de un bosque con árboles un tanto delgados, era un poco tenebroso pero me gustaba. Había decido conocer los distintos matices de la vida en si y esta cabaña era perfecta para cambiar la fotografía a la mía. Afuera caía la nieve, así que era un día de esos en los que una decide quedarse en pijama todo el día mientras le da vueltas a lo que sea…como por ejemplo al vapor de mi café. Es curioso como todo lo que se mueve hace como ondas, como un subir y bajar en un espacio o como un izquierda y derecha.

Me divertía hacerme este tipo de preguntas insignificantes, algunas veces encontraba una respuesta y era un “oh que verdad, he descubierto” pero por lo general, siempre seguía buscando refutar mis propias conclusiones.

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